Caminaba, como otro más, en ese bullicio de ciudad, tropezando con la gente, llevando el paragua en alto en vano, pues iba calado, pero tampoco le importaba.
No era un día más, no era un día como tantos otros en los que llovía y escuchaba la lluvia, hoy volvía a casa a pie, necesitaba ir pensando y a la vez no le importaba nada del mundo que le rodeaba.
No tenia señales de ella desde hacía días, lo último que oyó fue “…no aguanto más, lo siento… pipipi”. Apenas había pegado ojo en esos días, apenas tomado bocado, y hoy para colmo le dieron un ultimátum en la empresa por su desconcentración y dejadez durante estos días, así que pensó ‘¿Qué hago aquí? Nada importa si no se de ella’. En ese momento salía de la oficina y fue para él un alivio ver que el día era gris, oscuro, pues era tal y como se sentía por dentro, y como poco a poco iba diciendo su aspecto.
Mientras andaba, la gente lo insultaba a medida que tropezaba con ellos.
Cruzo la calle, el agua corría, le llegaba a los tobillos, pero ni se inmuto ante la sensación del fluir del agua por sus zapatos, ya iba totalmente mojado, así que en un arrebato entre ira y odio hacía si mismo arrojo el paraguas que llevaba a modo de adorno.
Comenzó a correr desesperadamente, huía de todo lo que le quedaba atrás, buscaba un mañana mejor, corría sin saber a dónde ir, pero eso le aliviaba, paso junto a su casa, pero ni se percato de la situación, su mente no estaba en su cuerpo en este momento, su cabeza obtenía un poco de libertad después de varios días, su cuerpo hacía lo que debía.
Cuando volvió en si se encontraba en el lugar que más deseaba en aquel momento, llamo al timbre, y salió ella, despeinada, pálida, y con aspecto de haber comido poco durante una semana, día arriba día abajo, no dijeron palabra alguna, solo se abrazaron y lloraron. Hoy podría ser el primer día del resto de sus vidas.
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